The Rolling Stones en Chile: alma e historia del rock

La banda se presentó la noche del miércoles ante 60 mil personas en el Estadio Nacional.

Fue una jornada para recordar.

Sus satánicas majestades realizaron su segundo show en Chile ante 60.000 personas.

Pocas veces tenemos en Chile oportunidad de ver en escena a esas leyendas que ayudaron a formar el concepto esencial del rock. Y cuando hemos visto revivir algo de esa historia ante nuestros asombrados ojos y oídos casi nunca ha sido la unidad completa, sino más bien un remedo nostálgico de lo que fueron antes de que la decadencia los transformara en un suspiro ahogado.

No pudimos conocer a The Beatles, aunque sí a un todavía vigente Paul McCartney sin los inolvidables Lennon y Harrison. No presenciamos el fuego de Led Zeppelin, sólo la madurez de Robert Plant. No logramos ver a Pink Floyd, sino a sus dos principales genios separados por sus rivalidades. Y tampoco alcanzamos a apreciar a los verdaderos Queen, sino solo a una banda gastada tratando de sobrevivir a su desaparecido espíritu, el irreemplazable Freddy Mercury. Pero The Rolling Stones vino a salvarnos de la maldición. A 21 años de su primera y casi ignorada visita, hoy podemos decir que supimos atestiguar la presencia viva de un verdadero trozo de historia, uno que a cincuenta y tres años de su inicio sigue prácticamente imbatible.

Ni el peso de ser una de las dos bandas más importantes del siglo XX, ni los excesos, ni las drogas, ni el natural paso del tiempo pudieron contra los Stones, quienes en la noche del miércoles brindaron un concierto memorable y en que 60 mil personas saldaron la deuda con ellos (y no al revés), luego de hacerlos presentarse, a este mito si, ante un Estadio Nacional con poco público en 1995. Fue el momento de la revancha para Mick Jagger, Keith Richards, Ron Wood y Charlie Watts, quienes llegaron a desplegar esa magia que solo los verdaderos grandes tienen, esa que no se acaba porque la barrera de los setenta años ya haya quedado atrás. En el escenario para ellos, la edad no importa.

subir Energía y clásicos

El más puro sonido del rock clásico, ese que a miles se nos ha metido en las venas desde que lo oímos en nuestra más tierna infancia, tronó en el escenario más grande del país, con un repertorio de casi dos horas que recorrió desde hits a canciones menos masivas. Todo comenzó con "Start me up" para seguir con "It's only rock and roll (but I like it)", dos clásicos de su historia.

El liderazgo escénico de Mick Jagger sigue mostrando a cinco décadas de sus veinte la misma agilidad reptiliana y una energía sorprendente que jamás decae: baila como en sus mejores tiempos y su voz no suena vieja ni ajada, pese a casi medio siglo de escenarios y discos, y los abusos propios del mundo en que estoicamente ha sobrevivido.

El show se desarrolló sin puntos bajos, con una excelente calidad y potencia de sonido que se puede y debe exigir a artistas de este nivel.

Aunque se oyeron algunas voces que reclamaban más éxitos radiales del grupo que acumula más de veinte discos editados, el concierto siguió adelante con el vocalista listo para bromear con el público en castellano, como cuando inició el momento de los pedidos musicales y lanzó un "no pudimos aprender el Guatón Loyola porque era muy difícil" o cuando se mofó de los cambios que ha tenido Santiago en los últimos 21 años, incluidos sus "muchos edificios fálicos". Tampoco faltó la referencia al triunfo de Chile en Copa América o a las muchas visitas "culturales" y actividades que realizaron durante sus tres días en Santiago. "Conocimos la casa de Pablo Neruda, los cafés con piernas y adoptamos tres quiltros", aseguró en un americanizado español.

subir Una banda de personalidades

Pero no es que Mick Jagger haya sido o sea hoy el principal atractivo de los Rolling Stones en sus conciertos. El único en su tipo, Keith Richards, no decepcionó con su guitarra y personalidad a aquellos que lo ven como un mito viviente del rock and roll, ese que parece venir de vuelta del infierno luego de haberse ido de juerga con el mismo Satanás. Igualmente su colega Ron Wood, quizás el que luce más joven del actual cuarteto. Ambos deleitaron al público con una colaboración en par que incluyó los temas "You got the silver" y "Happy", ambos con Richards en la voz.

En tanto Charlie Watts, que puede parecer el menos rockero del grupo y recién sacado de una casa de retiro, demostró con fuerza por qué sigue siendo el baterista de una banda de arenas tan legendaria como ésta.

Acompañados de un coro chileno de voces femeninas, un coro permanente de dos cantantes afroamericanos y otros colaboradores, los Stones continuaron el viaje con otros grandes clásicos como "She is a Rainbow" (un pedido y un tema que no tocaban en vivo desde 1998), "Wild Horses", "Paint it Black", "Miss You", "Gimme Shelter", "Sympathy for the Devil", llegando al primer cierre con "Brown Sugar".

El retorno al escenario vino con "You Can't Always Get What You Want" y finalmente la más coreada, "(I Can't Get No) Satisfaction".

Se trató de una noche redonda, digna de uno de los espectáculos musicales más caros y también rentables de la actualidad, que no se justificó en la parafernalia ni los fuegos artificiales que se lanzaron al final del concierto, sino que en la más pura y neta calidad musical de un grupo que pudo haberse rendido a la caída mucho tiempo atrás.

Nada parece haber vencido a Sus Satánicas Majestades, ni siquiera el inevitable paso de los años. Hoy llegan y se paran en escena con toda su potencia y despliegan el embrujo de su épico rock legendario. Los que llegaron al Nacional experimentaron la maravilla de estar ante un monumento vivo de la música mundial, uno que probablemente no tendremos una tercera oportunidad de apreciar.

Pocas bandas de esta importancia llegan con formación completa, luego de cinco décadas de historia, para demostrar que la decadencia no logra tocarlos y que aún pueden pararse ante la multitud y dejar claro por qué son uno de los nombres sagrados en la historia del rock. 

Por Yanina Sepúlveda, @yanis_yoplin.

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