Grupos WhatsApp, machismo y homofobia

De tanto en tanto algún ex compañero de colegio, trabajo o estudios lo agrega a uno a algún grupo WhatsApp de hombres. A partir de allí comienza un recorrido que desemboca siempre en el mismo tránsito, cual tragedia griega, porque el machismo al parecer ha encontrado en las nuevas tecnologías el lugar perfecto para habitar, reproducirse y asentarse culturalmente.

Y es que tras los saludos y enhorabuenas iniciales, que invitan al reencuentro virtual de la cofradía y la gestión de una eventual reunión en el mundo real, comienzan a aparecer, como callampas después de la lluvia, las fotografías y videos de mujeres desnudas o con poca ropa, los chistes o memes de carácter homofóbico o transfóbico, las imágenes que dan cuenta de una atávica e irresoluta obsesión con el miembro sexual masculino, las burlas entre compañeros o las fantochadas de turno entre aquellos que se precian de sus credenciales de macho.

Todo ello siempre acompañado de risotadas y palmoteos virtuales en la espalda de los camaradas, quienes comienzan una especie de competencia para ver quién logra subir la apuesta de manera más burda, dejando en claro la fragilidad de la que adolece la identidad masculina, siempre necesitando de la negación de la otredad para sostenerse a si misma por oposición.

Unos pocos llevan la batuta y los más son silentes espectadores cómplices o carcajean cada tanto para animar la fiesta desde la tribuna. Entremedio de la bacanal alguno recuerda que hay que pagar la cuota, agregar a algún compañero extraviado o emergen anécdotas de tiempos pasados evocando la nostalgia de algún paraíso perdido o de alguna jornada etílica en la que se forjó la lealtad eterna entre machos. No hay expresiones de afecto, no hay espacio para la fragilidad, sino para nada más que el jolgorio y los empellones.

Y es que la violencia de género en sus mayores grados de bestialidad puede llegar al homicidio, a los golpes, a la violación o a formas de violencia aterradoras, que nadie tardaría en condenar; sin embargo, tras lo evidente se esconde un enorme sustrato de conversaciones sociales que sirven de plataforma cultural a esas violencias.

Y es que tras la violencia doméstica, el acoso sexual callejero o el manoseo en el transporte público hay una implícita complicidad entre quienes ejercen la violencia en forma directa y entre quienes no harán nada, sonreirán cómplices o experimentarán silenciosa vergüenza haciéndose los desentendidos.

El chiste homofóbico o la ridiculización arrogante, violenta y desdeñosa de las personas trans van edificando procesos de naturalización o impunidad para el ejercicio de otras formas de violencia progresivas.

Para que dejen de asesinar o abusar de mujeres, excluir a personas de una expresión de género disidente, explotar sexualmente a niñas o posicionar en lugares secundarios a todas aquellas personas que no cumplen con la heteronorma masculina, habrá que dejar de tratar a las mujeres como objetos de consumo y a la diversidad sexual como motivo de burla, para comenzar a instalar la muy revolucionaria idea de que esas personas son seres humanos titulares de derechos.

No es ser tonto grave, es simplemente tener una pizca de conciencia respecto de los derechos de grupos humanos que llevamos maltratando desde hace siglos en la más absoluta impunidad. Reproducir la injusticia es simplemente tontera, de la más grave.

He de señalar que desde hace algunos años he iniciado un proceso de reconocimiento crítico de mi socialización masculina y mi construcción identitaria en relación a los discursos hegemónicos de género que me han colonizado desde el momento en que nací y me colocaron ropas de color celeste.

Ello ha implicado reconocer con actitud cuestionadora mi sitial de privilegio masculino, mis referencias culturales fundantes, mis patrones transgeneracionales, así como dolorosa y avergonzadamente las innumerables ocasiones en las que he tenido expresiones, actitudes o conductas abiertamente machistas, homofóbicas o transfóbicas. Esto no me hace mejor persona, no me libera de responsabilidades ni me ubica en un pedestal moral de nada. No hay nada más peligroso que los lobos con piel de cordero.

Este proceso ha implicado, mirando adentro y en silencio, aprender de feminismos y fundamentalmente de las mujeres que han dado la batalla por la equidad de género y la reivindicación del lugar de la mujer en nuestra sociedad, tarea en la que muchas se empeñan en el cotidiano cada día con coraje y convicción.

Tengo claro que en este proceso deconstructivo me tomaré la vida entera y que estoy lejos de las respuestas, apenas logrando comprender las preguntas, cuidando no ir de recién converso o de rehabilitado por la vida. He tenido la suerte de contar con una esposa y unas hijas que han sido generosas maestras en ese camino y que cada tanto me recuerdan cuando he extraviado el rumbo, una y otra vez.

Es a ellas a quienes debo mi lealtad, mi compromiso, mi solidaridad y respeto. Por lo anterior es que como nunca antes me dio una enorme satisfacción haber leído en la pantalla del WhatsApp la frase “Has salido del grupo”. Nunca antes esas palabras tuvieron un sentido más profundo y conectado con aquel hombre que quiero ser y por el cual batallo a diario.

Es cierto, estoy saliendo del grupo, no cuenten con mi complicidad de género, compañeros.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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