Lo inaceptable

Por estos días se discute en el Congreso la ley que condena a quien niegue las atrocidades cometidas durante la dictadura, proyecto que va en línea con aquel que exige retirar monumentos que homenajean a los integrantes de la junta militar que gobernó Chile de 1973 a 1990. Adivinen quiénes se oponen.

A algunos les podrá parecer que son proyectos que limitan la libertad de expresión, pero sabemos que toda libertad tiene límites y conlleva responsabilidades. En varios países de Europa existen leyes similares que incluyen penas de cárcel a quienes nieguen o relativicen los crímenes cometidos por nazis y fascistas durante la Segunda Guera Mundial, así como para quien exhiba sus símbolos.

Por décadas hemos escuchado a diversos personajes trivializando, justificando o incluso poniendo en duda verdades que se han probado en procesos judiciales, ensalzando como héroes a criminales que cometieron delitos atroces protegidos por el Estado, todo esto como si nada y con un amable silencio por parte de quienes debieran interpelarlos.

Este sería un tema secundario si no fuera la absoluta impunidad que gozan quienes tienen tribuna en los medios.

Mientras escribo estas líneas, dos destacados políticos de derecha acusan abiertamente, irresponsablemente y sin pruebas que en las elecciones del 17 de noviembre hubo fraude.

Hace un año, acusaron (también sin presentar evidencia alguna) que muchos de los inmigrantes que llegan a Chile son delincuentes, en un discurso que ni Jean-Marie Le Pen diría. De poco sirve que se refute o se compruebe la falsedad de tal o cual posverdad, se obtiene el titular y para mucha gente eso basta.

Semanas atrás otro personaje de farándula admitió abiertamente haber acosado sexualmente a algunas mujeres y su entrevistador se limitó a asentir como si le estuviera contando qué tomó de desayuno o le estuviera hablando del clima.

Un animador de un programa de actualidad afirma que su espacio “es machista”, como si fuera algo muy chistoso. Otra diputada recientemente electa anuncia que “Chile será como Venezuela” si triunfara la coalición de centro-izquierda, sin arrugarse.

Nos estamos convirtiendo en el paraíso de las posverdades debido no sólo a los políticos inescrupulosos y personajes públicos que actúan con ignorancia y quizá mala intención, sino también por culpa de que quienes debieran cuestionarlos en primer momento, simplemente asienten.

En países con mayor espíritu cívico varios personajes públicos han visto destrozadas sus carreras debido a alguna frase o comentario discriminatorio o revisionista. Acá son líderes de opinión.

El lenguaje crea realidades y, si alcanza a mucha gente, también es una herramienta de formación. No es gracioso hablar de violentar a tu pareja, no es sinceridad defender a los asesinos y torturadores de la dictadura. No es normal decir esas cosas.

No queremos pasar del extremo posmoderno de que “todas las opiniones son válidas (incluyendo las estupideces)” a la sensibilidad milénial que se ofende por todo y exige un discurso inmaculado.

Hay verdades que hay que decir y mentiras que no pueden ser aceptadas.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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