Sistema electoral: un complejo mecanismo para definir al ganador
A diferencia de lo que ocurre en la mayor parte de las democracias occidentales, quienes definen el nombre del presidente de Estados Unidos no son directamente los votantes sino un colegio de electores.

![]() Los votos populares no bastan para pasear por los prados de la Casa Blanca. |
Su existencia, de la que muchos estadounidenses ni habían oído hablar, se hizo patente en los comicios de 2000.
El demócrata Al Gore obtuvo entonces medio millón de votos populares más que Bush pero el republicano se proclamó presidente gracias a que el Tribunal Supremo le dio la mayoría en el Colegio Electoral.
Una reciente encuesta del Instituto Gallup indica que el 61 por ciento de los estadounidenses está a favor de eliminar el Colegio Electoral -algo difícil, porque habría que modificar la Constitución-, mientras que sólo el 35 por ciento quiere que siga como está.
El Colegio Electoral está formado por 538 representantes o votos electorales.
A cada estado, dependiendo del tamaño de su población, se le asigna un cierto número. Y cada estado otorga todos sus votos electorales al candidato que reciba más sufragios en su territorio, con independencia de que su ventaja sea abrumadora o se haya limitado a un puñado de votos.
Algunas pequeñas excepciones
Las excepciones a esta regla son Nebraska y Maine, que otorgan dos de sus cinco votos al ganador. Los restantes van a parar al ganador respectivo de cada condado.
En Colorado, uno de los estados en disputa, los tribunales tienen pendiente pronunciarse sobre una propuesta para una reforma similar.
Los estados más poblados, como California, Texas o Nueva York, cuentan respectivamente con 55, 34 y 31 votos electorales. Otros estados de grandes dimensiones pero escasos habitantes, como Alaska, tan sólo tienen tres votos.
Para proclamarse ganador en la carrera por la Casa Blanca, un candidato necesita obtener al menos 270 votos.
En la gran mayoría de los 50 estados, la población se inclina claramente por un signo o por otro, y por lo tanto, las campañas consideran inútil desperdiciar tiempo y dinero en ellos.
California o Nueva York tienen a gala ser profundamente demócratas. Para los tejanos no hay otro candidato que Bush, su ex gobernador.
Pero una decena de estados, que reúnen entre sí un total de 116 votos electorales, siguen indecisos o se inclinan por muy poco a favor del uno o del otro. (EFE)
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