No nos hicimos cargo de nuestros hijos(as)

Parte de nuestra derrota electoral y política hace unas semanas tiene relación con las victorias conseguidas y la incapacidad de hacernos cargo de ellas. Cuando la centroizquierda asume el poder en 1990, recibimos un Chile totalmente distinto al que entregamos hace siete años.

Para entonces, nos encontrábamos en una situación de alta pobreza, pocas esperanzas de ascenso social, y la modernidad sólo era vista a través de los televisores, reservados para un pequeño grupo.

Este escenario cambió en poco tiempo, tan sólo en dos décadas ya éramos un país donde se conversaba de nuevos desafíos, pasamos de ser un país productor de materias primas a un país donde se hablaba de cómo procesarlas, en Chile el problema ya no era la cobertura en Educación Superior, era más bien la calidad, consolidamos alianzas económicas y políticas con China, Japón, Estados Unidos, y la Unión Europea.

Estos logros también fueron tangibles para los ciudadanos de a pie, pues ya no aspiraban a tener un televisor en casa - tenían dos -, más bien anhelaban tener un servicio satelital que permitiera variar su parrilla programática; tampoco era distante la idea de la comunicación remota por teléfonos, pues existía más de un aparato por persona, y sueños como el de la casa propia fueron cada vez más accesibles.

En suma, la capacidad de consumo de las personas creció exponencialmente. La realidad que muchos vivieron en su niñez y la precariedad que vieron en sus padres se fue disipando durante la primera década y se consolidó un cambio importante durante la segunda.

Pasaron de ser un grupo social que luchaba a diario para tener pequeños logros, a integrar uno distinto que miraba con distancia su pasado, mérito del esfuerzo personal y de las políticas diseñadas por la centroizquierda.

Esas capas sociales con frutos importantes en sus vidas, fueron poco a poco marginadas por nuestra coalición, y lo que es peor aún, terminaron por despreciarlos con epítetos peyorativos.

El utilizar conceptos como “facho pobre” pasa a ser la caricatura de nuestros propios logros como Gobierno, desconociendo a los hijos e hijas de estos méritos.

Durante el último tiempo no supimos interpretarlos, no logramos asegurarles parte de su futuro a quienes ante cualquier crisis económica sufren la incertidumbre de vivir una regresión al escenario que en un momento pudieron superar, el volver a ese marco que miraban con distancia.

Más que protegerlos, decidimos golpearlos, y culparlos de nuestras derrotas (2010 y 2017). Así lo hicieron parlamentarios y distintos actores influyentes de la coalición a través de redes sociales. Los culpamos por elegir una alternativa en la que al parecer ellos encontraron una respuesta que los interpretaba mejor, y no logramos entender que tal vez nuestro esfuerzo por izquierdizar el discurso sólo los alejó.

Finalmente, solo podemos dar cuenta que durante las últimas décadas hemos vivido dentro de la burbuja de la autocomplaciencia. No logramos hacer, entre 2010 hasta hoy, una reconexión real con los sueños de los ciudadanos.

Detuvimos los debates por la ansiedad de volver a gobernar sin que nos importara tener en primera línea la respuesta de por qué fuimos derrotados. Hoy la situación no parece ser distinta, el debate está centrado en temas como saber quiénes integrarán las próximas Directivas del Congreso o sobre qué Partidos serán parte de la oposición.

La literatura nos dice que el nacimiento de la Concertación de Partidos por la Democracia duró años, tuvo momentos tensos, pero siempre se superpuso la solidaridad y la fraternidad, se cedió en beneficio de un bien superior, otorgándole gobernabilidad y logros al país por 20 años.

Hoy estamos invitados a más, a buscar respuestas con debates profundos y volver a reconectarnos con la ciudadanía, con sus sueños y sus anhelos, para generar una alternativa real y seria, y no volver a cometer errores en los que caímos luego de las derrotas anteriores. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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