Lilo y Stitch: una lección de tolerancia
Ante cualquier situación de la vida, lo importante es la familia, aunque no sea la tradicional (padre, madre e hijos) y esté integrada por dos hermanas huérfanas y un insoportable y tierno alienígena. Esa es la premisa con la que los estudios Disney desarrollaron su nueva cinta de dibujos animados, Lilo y Stitch, una película que contiene los ingredientes clásicos para divertir a niños y adultos.
A muchas galaxias de distancia de nuestro planeta, Jumba, un desquiciado científico, logra -mediante ingeniería genética y cierto grado de ociosidad- dar vida a una criatura superior: una especie de koala azul, orejón, con seis brazos, inteligente y extremadamente fuerte, con una compulsiva tendencia a destruir todo lo que se cruza en su camino. Como el bicho es incómodo para la culta civilización que le vio nacer, su creador es detenido y el engendro al que se logra apresar con dificultades- es condenado a un exilio lejano. Pero, gracias a sus capacidades superiores, logra escaparse y su nave -luego de una extraña travesía- choca contra una de las islas de Hawaii. Ya en el planeta Tierra, y tras hacerse pasar por perro callejero se transforma en la mascota de Lilo, una pequeña niña con desatención afectiva, rebelde y amante de la música de Elvis Presley, quien lo bautiza con el nombre de Stitch. Pese a que los primeros minutos, en el mundo extraterrestre, la estética de los dibujos animados parecen sacados de una historieta Warner, con monitos con tres ojos, varios brazos y otras variaciones genéticas; ya en Hawaii, se retorna a los clásicos dibujos utilizados por los Estudios Disney, resaltando la belleza y facciones polinésicas y a un ritmo, en que si bien no falta la acción, es más pausado. La relación que se da entre Lilo y Stitch es más que la de una niña y su mascota. Más bien se parece a la de dos hermanos cómplices en travesuras y en las que el demonio azul -primero por conveniencia- sigue a la pequeña en sus ingenuas pero excéntricas ocurrencias, como cuando lo disfraza de Elvis para cantar Burning Love, uno de los clásicos de El Rey. Pero el peligro se cierne sobre ambos. A Lilo, el estado quiere separarla de Nani, una hermana mayor despreocupada y sin trabajo estable; y en el caso de Stitch, los extraterrestres que lo condenaron al exilio, enviaron a su creador para apresarlo a cambio de la libertad. Es aquí donde Disney desarrolla el leit motiv de la historia, tomando el concepto hawaiiano O hana. La existencia de lazos familiares aún en condiciones extremas entre seres que se quieren pese a todos los problemas que se vienen encima, sin importar la raza o la condición económica. Hay una gran lección de tolerancia, ya que hasta Nani aprende a valorar al pequeño ser azul, y Stitch, también aprende lo suyo de la mano del clásico cuento infantil El Patito Feo. Además, el filme cuenta con una gran cantidad de situaciones jocosas que hacen reír a los espectadores, niños y adultos por igual; éstos últimos gozan especialmente con las ironías que contiene como la relacionada con el personaje Cobra Bubbles, inspirado en la película Hombres de Negro, quien al reunirse con una comandante extraterrestre que llega a la tierra en busca de Stitch le dice: parece que ya nos conocemos. Pese a que el final es predecible, Lilo y Stitch es una película que cumple con todo lo que se le exige a una cinta de Disney: es entretenida, dinámica, apta para los niños y, por sobre todo, entrega una lección de tolerancia, algo fundamental en momentos en que este concepto parece tambalearse. Así, el filme tiene todas las posibilidades de convertirse en éxito de taquilla en nuestro país aunque tenga enfrente a cintas de la talla de Episodio II: El Ataque de los Clones que también se estrenó esta semana.