Luxemburgo concluye su presidencia de la UE en medio de la sombras de crisis
El primer ministro Jean Claude Juncker anticipó que "los que vengan después de mi, harán menos", en clara referencia a Reino Unido, que asumirá el cargo.
El Ejecutivo luxemburgués cierra este jueves 30 de junio su semestre a cargo de la presidencia de la Unión Europea (UE), con la impotencia por no haber podido evitar la crisis política que atraviesan los Veinticinco, así como con la amargura de entregar el mando a quien considera el principal responsable de los problemas del grupo, el primer ministro británico, Tony Blair.
En el haber del primer ministro de Luxemburgo, Jean Claude Juncker, figuran la reforma del Pacto de Estabilidad y Crecimiento y la revisión de la estrategia de Lisboa de reformas económicas, ambas sancionadas por los líderes de la UE en la cumbre de marzo pasado.
Pero el balance presidencial del ducado aparece desequilibrado por el golpe fatal que los referendos francés y holandés propinaron al proyecto de Constitución de la UE, y por el bloqueo de la negociación sobre el próximo marco presupuestario, 2007-2013, atribuido a la intransigencia de Holanda y sobre todo de Reino Unido.
Juncker, carismático y confeso europeísta, se declaró "triste" y "avergonzado" al término de la cumbre celebrada los pasados días 16 y 17 de junio, en la que no consiguió que los líderes europeos mostrasen la imagen de unidad y compromiso que requerían las circunstancias.
En su posterior comparecencia ante el pleno del Parlamento Europeo, arropado por los aplausos y el reconocimiento expreso de los grupos parlamentarios, Juncker fue duro en el diagnóstico al considerar que "la profunda crisis europea" es el síntoma de que la UE "no está madura, sino todavía en la pubertad".
Aunque aseguró que hizo todo lo posible para evitar el fracaso, sus esfuerzos fueron desbaratados por la exigencia inamovible de Blair de condicionar cualquier reducción del "cheque británico" a una rebaja de la Política Agrícola Común (PAC), trato inaceptable para el presidente francés, Jacques Chirac.
La presidencia luxemburguesa puede apuntar como logro el haber conciliado la posturas de 20 de los 25 socios en la siempre compleja negociación presupuestaria.
Su última propuesta sólo fue rechazada por Reino Unido, Holanda, Suecia, Finlandia y España, aunque en el caso de los dos últimos, porque la consideraban demasiado modesta, una lectura opuesta a la de Londres.
"Sinceramente, todos los que vengan después de mi, harán menos", llegó a decir el premier luxemburgués, en una velada y pesimista referencia a la presidencia entrante, a cargo de Londres.
En el capítulo constitucional, los duros reveses de Francia y Holanda dejaron herido de muerte al primer proyecto de Carta Magna para el Viejo Continente, sin que los líderes fuesen capaces de revitalizarlo o al menos de aclarar su destino.
El Consejo Europeo se limitó a fijar un período de reflexión antes de decidir la suerte del texto constitucional, una opción que no garantiza siquiera la continuidad del proceso de ratificación en los 13 Estados que aún no se han pronunciado al respecto.
El gesto unilateral de Blair de aplazar sin nueva fecha la consulta británica anunciada para 2006 ya auguraba una cascada de suspensiones que se confirmó tras la cumbre de Bruselas, a la que se sumaron Dinamarca, Portugal, Suecia, Finlandia, Irlanda, República Checa y Polonia.
En estas circunstancias, la decisión de Juncker de mantener la consulta en Luxemburgo para el próximo 10 de julio y de condicionar su continuidad en el cargo de primer ministro al "Sí" de los electores parece suicida o heroica.
El Parlamento del ducado procedió el martes 28 de junio al primer voto sobre la Constitución de la UE, respaldada unánimemente por los 55 diputados. Sin embargo, pero para que el proyecto pueda entrar en vigor, el Congreso debe pronunciarse en un segundo voto, el que se realizará sólo si el plebiscito arroja un resultado positivo.
Aunque la postura de sus 451.600 habitantes parece menor ante la de otras naciones de mayor tamaño, el voto de Luxemburgo es clave, pues un "No" significaría el fin de las ya pocas esperanzas que aún albergan los defensores del Tratado Constitucional de la UE. (EFE)