Ocho países de Europa Central y Oriental -Polonia, la República Checa, Hungría, Eslovaquia, Eslovenia, Lituania, Letonia y Estonia-, así como las dos islas mediterráneas de Malta y Chipre, accederán este sábado 1 de mayo al club comunitario en lo que constituye la mayor ampliación en la historia de la Unión Europea (UE).
Más de medio siglo después de las conferencias de Yalta y Potsdam (1945), que abrieron la vía a la división política de Europa en dos zonas enfrentadas (al Este los regímenes comunistas satélites de la Unión Soviética y al Oeste las democracias capitalistas aliadas de Estados Unidos), el continente vuelve a reunirse en torno a instituciones, valores y objetivos comunes.
En la Europa de los 25 que está a punto de nacer, el centro de gravedad político se trasladará hacia el Este, la frontera de la UE alcanzará a Rusia y la correlación de fuerzas será tal vez menos federalista y más pro estadounidense.
Los gobernantes de esa gran Europa ampliada se darán cita el sábado en Dublín para una ceremonia en el palacio de la Presidencia de Irlanda que marcará el Día de la Bienvenida.
Esta ampliación, la quinta desde que echó a andar la construcción europea en 1952 con el Tratado de la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero), tiene en efecto una razón moral que trasciende los cálculos políticos.
Para la mayoría de los observadores, la "foto de familia" del sábado en Dublín será la prueba de una deuda histórica por fin saldada.
Desde que el desmoronamiento del poder soviético en Europa Oriental, marcado por la caída en 1989 del Muro de Berlín, los occidentales sintieron "la obligación" de acoger a los europeos del Este, que fueron en gran medida abandonados a su suerte hace medio siglo.
Las primeras solicitudes formales de adhesión a la UE desde el otro lado de la Cortina de Hierro llegaron de Hungría y Polonia en 1994, y los dos años siguientes se presentaron todas las demás.
El 31 de marzo de 1998 los 15 abrieron las negociaciones de adhesión con Hungría, Polonia, Estonia, República Checa, Eslovenia y Chipre; año y medio después se daba el visto bueno al comienzo de las negociaciones con Rumania, Eslovaquia, Letonia, Lituania, Bulgaria y Malta.
En diciembre de 2002, en la cumbre de Copenhague, los líderes de la UE cerraron las negociaciones con todos ellos salvo con Rumania y Bulgaria, los más atrasados económicamente.
A lo largo de todo el proceso de negociación técnica las razones políticas a favor de la ampliación de la Unión prevalecieron sobre los miedos que suscitaba una operación tan ambiciosa y arriesgada, sobre todo en el orden financiero.
Los nuevos estados miembros tienen una renta per cápita inferior a la mitad del promedio de los actuales 15, situada entre los 6.600 dólares de Lituania y Letonia y los 18.500 de Chipre, frente a una media comunitaria de 22.500.
Sus enormes necesidades en infraestructuras y su esquema productivo predominantemente agrario amenazaban con hacer explotar el presupuesto de la UE.
Antes de la adhesión de los 10, los 15 tuvieron que acometer la reforma de las dos políticas comunitarias más costosas, la agrícola y la regional. También fue necesario reformar las instituciones, un proceso aún sin concluir.
En términos absolutos, el gasto total de la UE para la ampliación entre 1990 y 2006 será de 69.500 millones de euros.
En términos relativos, este costo es "muy pequeño", ya que los gastos para la ampliación en 17 años apenas llegarán al uno por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) de la UE en 1999 (0,05% anual).
Además, el Tratado de Adhesión de los 10 nuevos socios, que entrará en vigor este sábado, incluye disposiciones para el pago escalonado de las ayudas agrícolas y numerosas medidas transitorias que harán más digerible para los nuevos socios y para los antiguos la plena aplicación de la legislación europea en el Este. (EFE)