La columna de Aldo Schiappacasse: Ni El Gráfico era inmortal

Revisa el artículo de comentarista de Al Aire Libre en Cooperativa.

Yo no fui lector asiduo de El Gráfico. No pertenecí a esa feligresía casi fanática que en mis primeros años de universidad peregrinaba a un kiosco del Paseo Ahumada (o más tarde a un local increíble en la Galería Gran Palace, donde vendían todas las revistas internacionales a cambio de un ojo de la cara) para cumplir con un doble rito. Seguir en detalle la competencia argentina en tiempos en que no había cable ni internet y, lo más importante, paladear la exquisita pluma de sus redactores.

Comencé a trabajar a los 17 años, justo para el Mundial del '78. Me enrolé en Foto Sport, una revista de periodistas jóvenes comandada por el "Cañón" Alonso y Alberto Gamboa. Casi todos fueron a ver los partidos de la Copa a Mendoza y traían de vuelta, claro, ejemplares de aquella época inolvidable, que yo leía mientras el "Gato" -el histórico ex director del Clarín- me narraba historias y me decía que el periodismo estaba en la calle y no en la máquina.

Lo más impresionante de El Gráfico -me parecía entonces- era el exquisito equilibro entre fotos portentosas y textos interminables. Poesía y cierto rigor informativo que parecían irreplicables en Chile. Hasta que llegó Héctor Vega Onesime para conducir un proyecto nonato en el diario La Nación, que derivó en un suplemento diario y posteriormente en Triunfo, un semanario pequeño impreso a la rápida los domingos en la noche en las prehistóricas prensas del diario de la dictadura. Nunca antes ni nunca después se hizo un esfuerzo tan grande en nuestro país para tener un día lunes, de madrugada, una revista en kioscos, orgullosamente realizada por un equipo de lujo.

Me reencontré con Héctor en cada aventura editorial que emprendió en Chile. En Minuto 90 y Deporte Total, con el convencimiento de que era necesario insuflar entusiasmo a un negocio que ya no cuadraba, pero que me permitió valorarlo como maestro y luchar –con vano afán- por la misma causa. Fue mi mayor aprendizaje periodístico. Y un ejercicio que raramente se repetirá, no sólo porque las revistas ya bajaron definitivamente las cortinas, en un acto de rendición cobarde e inentendible, sino porque las aguas hoy van hacia otro lado, más instantáneo y banal, propio de las tecnologías que terminaron por consumirnos.

El Gráfico estuvo cerca de completar 100 años, pero sus últimos propietarios -TyC Sports- ni siquiera le dieron ese privilegio. Desde hace rato aparecía mensualmente, alicaída y escuálida, pero la leyenda y sus artífices merecían un final más digno de la nostalgia y el cariño.

No seré yo quien mejor refleje el desconsuelo de la pérdida. Ya está dicho: No soy un viudo y no pretendo serlo, pese a que la última revista en que trabajé fue El Gráfico Chile, otra aventura de alto vuelo. No pasaré lista a sus plumas reverenciadas ni recorreré sus hitos. Pero me adhiero a la tristeza y, por sobre todo, a la de aquellos que forjaron un estilo propio e irrepetible, que amaron al periodismo y se sumaron, alegremente, a la pasión de colorear el juego, hasta convertirlo en historia.

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