China Hoy: Cuando los vecinos importan
China y América Latina hablan la misma lengua de humanidad.
Niños bailan durante una celebración de cosecha en la comunidad de Manguinhos de Río de Janeiro, Brasil.
China y América Latina hablan la misma lengua de humanidad.
Niños bailan durante una celebración de cosecha en la comunidad de Manguinhos de Río de Janeiro, Brasil.
Por: Shi Wei*
En la oleada de urbanización global, la comunidad ha trascendido hace mucho los límites geográficos, convirtiéndose en un colectivo de vida donde la gente construye confianza, comparte recursos y se cuida mutuamente. El Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Hábitat) la define como "la unidad básica donde los residentes colaboran y conviven en un espacio común", cuyo núcleo siempre ha sido el ser humano. Es precisamente este consenso el que hace que China y América Latina (AL), separadas por el océano Pacífico, planteen las siguientes preguntas: ¿Cómo hacer visibles los grupos más vulnerables? ¿Cómo lograr que los vecinos no solo estén próximos en el número de sus puertas, sino que también estén conectados de corazón a corazón? Ya sea a través de la red de servicios geriátricos accesibles en 15 minutos en Shanghai, o de los comedores populares abiertos a los adultos mayores en las esquinas de Lima; ya sea mediante las "clases a las cuatro y media" en las comunidades de Beijing, o los tambores de Capoeira que suenan puntualmente a las tres de la tarde en los barrios marginales de Río de Janeiro, se protege de diversas maneras a los dos grupos con mayores necesidades de cuidado: los adultos mayores y los niños. Este apoyo cercano y constante demuestra una calidez comunitaria.
En las ciudades chinas, las comunidades están respondiendo a las presiones del envejecimiento poblacional y la crianza de los hijos a través de redes de servicios altamente especializados. Frente a la creciente tendencia del envejecimiento, diversas localidades están explorando activamente un sistema de servicios para personas mayores, basado en "el hogar como fundamento, la comunidad como apoyo y las instituciones como complemento". Muchas ciudades han lanzado una red de servicios geriátricos accesibles en 15 minutos. Esto no solo significa llegar en un cuarto de hora caminando a puntos de ayuda alimentaria, centros de atención diurna o estaciones de rehabilitación, sino también disfrutar de una sensación de tranquilidad "al alcance de la mano". Estos puntos de servicios, instalados generalmente dentro o alrededor de los complejos residenciales, son financiados por el Gobierno y operados por organizaciones sociales, y cuentan con trabajadores sociales especializados, cuidadores y voluntarios. Las personas mayores que viven solas o tienen alguna discapacidad pueden solicitar servicios a domicilio, como asistencia para el baño, cortes de cabello, entrega de comidas e incluso apoyo psicológico mediante llamadas telefónicas o aplicaciones. Algunas comunidades también han introducido dispositivos como pulseras inteligentes y alarmas de caídas; si el sistema detecta signos o comportamientos anormales, notifica automáticamente a familiares o personal comunitario para que intervengan a tiempo.
Lo más importante es que estos servicios van más allá de resolver problemas cotidianos y priorizan el acompañamiento emocional. Muchas comunidades implementan la "acción de tocar la puerta": trabajadores sociales o encargados de los edificios visitan regularmente a las personas mayores que viven solas para charlar, leerles periódicos o revisar sus medicamentos. Esa acción pequeña transmite la cálida señal de que "aún se te recuerda". Algunas comunidades también organizan grupos de ayuda mutua entre personas mayores, estimulando que adultos mayores relativamente jóvenes y con buena salud cuiden a vecinos de mayor edad, lo que no solo alivia la carga del personal profesional, sino que también fortalece los lazos entre generaciones.
Al mismo tiempo, los espacios amigables para los niños también van apareciendo silenciosamente: equipos de juego seguros, rincones de libros ilustrados y áreas de observación natural se han convertido en elementos estándar; y los espacios desocupados se transforman en puntos de cuidado después de clases, donde maestros jubilados, voluntarios universitarios y trabajadores sociales ofrecen supervisión y tutoría. Estas "clases a las cuatro y media" no solo ayudan a resolver el problema de la recogida de los niños para familias con ambos padres trabajando, sino que también crean un entorno de crecimiento seguro, afectuoso e inspirador para los pequeños mediante actividades como lectura recreativa, manualidades y experimentos científicos.
Aún más valioso es que cada vez más niños participan como "pequeños concejales" en asuntos comunitarios, expresando sus sugerencias a través de dibujos y maquetas: por ejemplo, proponen instalar más columpios, transformar maceteros abandonados en hoteles para insectos o pintar murales con temáticas ambientales en las paredes de los pasillos. Cuando los niños aprenden a cuidar de un árbol o una calle, empiezan también a preocuparse por la sociedad.

En América Latina, el apoyo comunitario se desarrolla principalmente a partir del sustrato social popular. En zonas con servicios públicos limitados, los lazos familiares, los grupos religiosos y las tradiciones vecinales se convierten en apoyos cruciales. En la Ciudad de México, la Casa del Abuelo ofrece comidas y consultas básicas de salud a diario a personas mayores en situación de vulnerabilidad; en Bogotá, voluntarios ayudan a las personas de tercera edad a solicitar pensión y conseguir medicamentos; y en Lima, los comedores públicos abren sus puertas a los mayores. Estas acciones se basan en una profunda cultura de reciprocidad y conforman una red de seguridad sólida. Lo más conmovedor es que muchos de los ancianos que reciben cuidados enseñan a los niños canciones populares, leyendas y artesanías, creando así un ciclo de cuidado intergeneracional.
En cuanto a la manutención infantil, la propia cultura se convierte en el guardián más poderoso. Los grupos de Capoeira en Río de Janeiro ofrecen actividades todas las tardes, en las que no solo enseñan habilidades tradicionales que combinan danza y artes marciales, sino que también ofrecen comidas ligeras y ayuda con las tareas escolares, proporcionando a los niños un "tiempo seguro", lejos de los peligros de la calle. Al ritmo de los tambores, los niños saltan y dan volteretas, mientras los ancianos que observan sonríen. Ancianos y niños no están en los polos opuestos de la comunidad, sino que sus voces se hacen eco del principio al final de una canción.

Por supuesto, sin importar lo cuidadoso que sea el diseño de los servicios o lo arraigada que esté la tradición de ayuda mutua, los mecanismos de conexión eficaces son esenciales para un funcionamiento sostenible. Hoy en día, esta conexión se está integrando discretamente con la tecnología digital que permite una atención más cuidadosa. En China, los residentes pueden reservar servicios de atención a personas mayores e informar sobre reparaciones en las instalaciones a través de miniprogramas. Gracias a esto, las anomalías detectadas en los sistemas inteligentes de agua y electricidad pueden activar visitas domiciliarias. En Hangzhou, capital de la provincia de Zhejiang, la sección comunitaria de la plataforma "City Brain" integra más de veinte servicios públicos, permitiendo un circuito cerrado para la notificación, la asignación y el seguimiento de los problemas. Mientras tanto, las ventanillas de atención presencial se mantienen activas en todo el país, y se organizan voluntarios para ayudar a las personas mayores a aprender a usar teléfonos inteligentes, con el objetivo de reducir la brecha digital.
El avance digital en AL se muestra aún más pragmático: la plataforma "Vecino Digital", de Santiago de Chile, ayuda a los residentes a registrarse en actividades e informar sobre averías; la aplicación "Vizinhança Solidária", de São Paulo, Brasil, se ha convertido en una especie de "atalaya electrónica" para los vecinos, ya que permite reportar situaciones sospechosas en tiempo real y conectarse con los equipos de patrullaje comunitario.
Al analizar las prácticas en ambos escenarios, aunque los caminos difieren, la intención es la misma. En un caso, se apuesta por redes colaborativas y servicios de proximidad; en el otro, se centra en las tradiciones culturales y la iniciativa vecinal espontánea. En última instancia, ambos apuntan al mismo deseo: que las personas mayores envejezcan con dignidad, que los jóvenes crezcan sin preocupaciones y que los desconocidos se conviertan en vecinos confiables. Los mayores y los niños, aunque parecen situarse en polos opuestos del espectro de los servicios, son en realidad el principal indicador de si una comunidad es realmente habitable. Cuando los mayores son recordados y los niños escuchados, una comunidad, más allá de ser un simple espacio para vivir, se convierte en un refugio de emociones, un albergue de recuerdos y un vivero de esperanza.
China y América Latina, separadas por montañas y mares, hablan la misma lengua de humanidad en el día a día, en cada calle y rincón. Esta cálida conexión transpacífica es quizás el consenso más valioso para la futura gobernanza urbana, puesto que las mejores comunidades nunca son las más inteligentes, sino aquellas que mejor saben amar, proteger y confiar en las personas.
*Shi Wei es directora del Instituto de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Sichuan y decana de la Facultad del Español de la misma universidad.